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Lo siniestro de las instituciones se presenta porque la endogamia aun rige en su autoconstitución.


¿Qué es lo siniestro?

Aquello familiar que, como un volcán, no tiene medida. Es la lava volcánica que arrastra lo que encuentra. Lo quema, lo destruye. Pero al mismo tiempo, como el moldeo de materiales, llena el vacío, el agujero que las instituciones quieren tapar. Todas las organizaciones repiten el mismo esquema: aquello ominoso que vuelve al mismo lugar. Desde el hogar hasta las grandes organizaciones históricas que se repiten en el planeta. Por eso perduran en el tiempo. Vuelven siempre al mismo lugar.


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¿A qué llamamos institución?

Una institución es un plan que se proclama necesario para sobrevivir. Se alimenta de las relaciones que captura, ordena y regula, mientras convierte la dependencia en norma y la norma en permanencia. Cada parte sostiene al todo, pero también queda sujeta a él: lo que parece protección puede volverse encierro, y lo que se presenta como equilibrio puede ocultar una forma de control. Allí donde la vida se organiza, también se delimita.


¿Cómo nace una institución?

Una institución nace cuando el miedo se organiza y se vuelve norma. No surge para liberar, sino para fijar: captura lo vivo, lo repite, lo domestica. Esto es lo siniestro. Lo que empieza como acuerdo pronto se endurece en mandato; lo que era posibilidad se transforma en límite. Se alimenta de la obediencia que produce y llama orden a esa quietud forzada. Allí donde la vida desborda, la institución levanta bordes, nombra, clasifica y contiene. Nace, en última instancia, como respuesta a la amenaza de lo imprevisible, y crece cada vez que aceptamos que lo incierto debe ser reducido.

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Lo siniestro de las instituciones es el “no-hogar” o “lo que debiera haber permanecido oculto y ha salido a la luz”.

Lo ominoso de cualquier organización institucional es una experiencia particular de angustia, que no proviene de algo enteramente nuevo o extraño, sino de lo familiar que se ha vuelto ajeno, deformado, perturbador. Hay algo conocido que retorna, pero lo hace desde lo reprimido. Por eso lo ominoso tiene una estructura de lo familiar-desconocido: lo que el sujeto creyó haber dejado atrás —infancias, deseos, fantasías arcaicas, pulsiones— reaparece disfrazado, y causa extrañeza, inquietud, horror, autodestrucción.



Entre los malestares institucionales aparecen:

  • La figura del doble, que originalmente era un garante de inmortalidad pero deviene amenaza.
  • La repetición ineludible (el encuentro reiterado con lo mismo).
  • La duda sobre si algo es animado o inanimado (fantasías del imaginario social que parecen vivos, autómatas).
  • La confusión entre realidad y fantasía.


Desde el punto de vista clínico, lo ominoso de las instituciones puede entenderse como una manifestación del retorno de lo reprimido, donde lo que fue escindido del Yo retorna en una forma inquietante, provocando displacer y desorientación. Esto no es simplemente lo desconocido, sino lo demasiado conocido, demasiado íntimo, que aparece bajo una máscara, por ejemplo, el jefe del trabajo como figura de los Padres.

Gustavo Ricardo Rodríguez
Licenciado en Filosofía
Facultad de Historia y Letras - USAL
Investigador IIPC/USAL
Derechos reservados - Hecho el depósito que marca la Ley 11.723.

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