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El mal entendido
Palabras, enunciados conscientes,
que no son ni verdaderos (V) ni falsos (F)
pero son funcionales a cualquier clase de gobierno.
El mal entendido

Si Ud quiere tener el control de un grupo,  
un pueblo,  
una ciudad,  
una región  
o una nación;  
degenere el lenguaje...  

A diferencia de la ley de nuestro entendimiento,
que consiste en no adherir a la no-contradicción,
se desprende, en consecuencia, el siguiente corolario.

Una forma de control

Habitualmente creemos que el malentendido es un error de comunicación: alguien dice algo y otra persona lo interpreta de manera diferente, ya sea por lo que escucha, por lo que quiere escuchar o por la forma en que decide interpretarlo.

Esta es la madre de la confusión que, en principio, podría resolverse aclarando qué se quiso decir, cuál era la cuestión en juego o, incluso, cuál era esa intención sublime que supuestamente animaba las palabras. Sin embargo, no siempre ocurre así; a veces, el intento de aclarar el malentendido termina dejando la conversación en un estado peor que aquel en el que comenzó...

Ahora bien, el malentendido es algo más que un simple accidente de palabras. Puesto que en determinadas situaciones ─yo creo que casi siempre─, se ha convertido más bien en una forma deshumanizadora o enfermiza de gobierno y control social.

Puesto que no siempre es necesario imponer una orden directa para dirigir la conducta de una persona. A veces, resulta más eficaz mantenerla en la incertidumbre. Por ejemplo, un mensaje ambiguo, una instrucción incompleta o una expectativa que nunca termina de formularse pueden obligar al otro a obligarlo constantemente hacer lo qué se espera de él.

En los ambientes de oficina, por ejemplo, un jefe le dice a un empleado: "Necesito que seas más comprometido con el trabajo", sin explicar qué significa exactamente ni qué debería hacer de manera diferente. O que tenga “más iniciativa”, como si fuera algo necesariamente positivo, cuando muchas veces tomar la iniciativa significa asumir nuevas tareas y responsabilidades que, en lugar de beneficiarlo, terminan aumentando su carga de trabajo y afectando al resto.

De igual modo, el empleado comienza a preguntarse si debe quedarse más horas, responder mensajes fuera del horario, asumir más tareas o mostrarse más disponible. Al no existir una indicación concreta, intentará anticiparse constantemente a lo que su jefe espera de él.

Podemos condensar lo dicho hasta aquí en que el control cambió de lugar. Es decir, ya no procede de quien da la orden, sino que comienza a ejercerse desde el propio sujeto, que intenta anticiparse a las expectativas del otro. Con esto, nacen en la mente del yo preguntas tales como: "¿Qué quiso decir?", "¿Lo habré entendido bien?", "¿Qué quiere de mí?". La persona empieza entonces a vigilar sus propias palabras, imagen, conductas, no solo para evitar equivocarse, sino para no perder su relación con el otro de quien depende, muchas veces, de manera económica.

¿A qué se debe que esta forma de gobierno sea tan efectiva? Precisamente a que no resulta visible: dado que no hay una prohibición manifiesta ni una amenaza explícita, sino una captura que mantiene al sujeto pendiente de las señales del otro y de sus expectativas.

Gobernar, bajo esta lógica, no es solo imponer normas, sino modelar la conducta de otros hacia determinadas expectativas. El malentendido aquí se ha convertido en instrumento de poder cuando la falta de claridad obliga al sujeto a interpretar, anticiparse y regular su conducta, incluso haciendo cosas que no desea, como participar en una guerra por ideales que no son propios.

En pocas palabras, el malentendido es utilizado para evitar responsabilidades. Una persona puede expresarse deliberadamente de manera ambigua y, cuando se producen consecuencias negativas, afirmar que no quiso decir aquello que los demás entendieron. De esta manera, la ambigüedad permite influir sobre la conducta de los otros sin asumir completamente la responsabilidad de lo que se ha provocado.

Por eso, ante cualquier discurso político, generalmente ambiguo, no basta con preguntarse qué significa o qué quiso decir. Al contrario, conviene preguntarse: ¿qué efecto produce esa ambigüedad y quién se beneficia de ella?

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Escritos

Contacto #
Balanza de la Justicia
#
ILLEX
Illex es la grieta.

Donde el sentido se cierra, algo queda fuera.

No es ley: es resto.

El sujeto emerge donde el discurso falla.
cf

El malentendido puede ser accidental, pero es evidente que es una estrategia de gobierno. Crear confusión. En efecto, cuando la incertidumbre obliga a otro a actual, interpretar, anticiparse y corregirse constantemente, el malentendido deja de ser un problema de comunicación porque se transformó en la forma silenciosa de poder.


Pregunta general

¿Puede el malentendido convertirse en una forma de gobierno y de control social cuando la ambigüedad del discurso obliga a los sujetos a interpretar, anticiparse y regular constantemente su propia conducta?

Tesis

El malentendido puede constituir una forma de gobierno cuando la ambigüedad deja de ser un accidente de la comunicación y se convierte en un recurso para producir incertidumbre, desplazar responsabilidades y conseguir que los individuos regulen su propia conducta en función de aquello que creen que el poder espera de ellos.

En este sentido, gobernar mediante el malentendido no significa necesariamente ocultar la información, sino evitar que el significado quede completamente definido.

Hipótesis

Cuanto mayor sea la ambigüedad de un discurso y menor sea la posibilidad de exigir una interpretación precisa a quien lo produce, mayor será la necesidad del receptor de interpretar, anticiparse y autocontrolarse.

El mecanismo podría resumirse de la siguiente manera:

Ambigüedad → incertidumbre → interpretación → anticipación → autocontrol → poder.

De este modo, el control no necesita ejercerse siempre mediante una orden explícita. Puede instalarse en el propio sujeto, que comienza a preguntarse qué debe hacer para responder correctamente a una demanda.

Respuesta a la pregunta y conclusión

Sí, el malentendido funciona como un dominus poderoso, cuando la ambigüedad es utilizada para producir incertidumbre y hacer que los individuos se responsabilicen de interpretar aquello que el poder no formula claramente.

Si el discurso consigue así reunir a personas diferentes bajo palabras aparentemente comunes, aunque cada una entienda algo distinto.

Entonces, el malentendido deja entonces de ser un problema que el gobierno necesita solucionar y puede convertirse en una condición que le permite gobernar.

El malentendido no es siempre una falla de la comunicación, sino una forma de poder cuando la ambigüedad produce incertidumbre y obliga al sujeto a interpretar permanentemente qué se espera de él.

Su eficacia reside precisamente en que el control es invisible: ya no es necesario ordenar, prohibir o amenazar de manera explícita. Basta, en determinadas circunstancias, con producir un discurso suficientemente ambiguo, mal-dicho, fuera de lugar, para que el individuo comience a autovigilarse, anticiparse y autocorregirse.


Lic. Gustavo Ricardo Rodríguez
Psicología UBA
Filosofía USAL
Investigador IIPC/USAL

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