¿Políticamente correcto?
Lo políticamente correcto es aceptar la mentira del otro. En el juego de la lucha de todos contra todos, la política siempre miente.
Con solo analizar el término es fácil darse cuenta:
- política: polis, ciudad, policía, muchos
- mente: mentir, mentar con el pensamiento.
- correcto: recto, no obtuso.
El significante de estos fonemas nos conduce a debilitar la creencia en las mentiras provenientes del otro. Es como decir: “De todos los que mienten de pensamiento y habla algunos aciertan más que otros”.
Aquí surge la pregunta:
¿Por qué debo aceptar la mentira que a veces es cierta y otras no?
¿A qué responde esta necesidad de creer en falsedades que emergen del pensamiento y la palabra de ciertos líderes (elegidos democráticamante), que a su vez mienten, revestidos bajo el significante del bienhechor de la ciudad?
Si cada mentira inventada se refleja como un patrón que se repite en infinitas escalas, en los laberintos del lenguaje y del deseo. ¿Qué nos conduce a sostener la mentira que a veces es cierta y otras se desvanece?
De modo opuesto, la verdad no sería un punto único sino un fractal de grietas, donde cada pregunta abre otra, y cada mentira descubierta desvela, silenciosa, la estructura que nos atraviesa en lo social.
Entonces, ser políticamente correcto nos obliga a ser experto en la mentira, convivir en la mentira, nos disfrazarnos, incluso nos mortificarnos, nos enfermarnos o nos alegrarnos con pocas veces con ella.
Volviendo al tema que nos ocupa, cuando estamos en tiempo de elecciones, lo que votamos no es ni más ni menos que al mejor fabulador. Esto es, al que mejor nos convenció ser politicamtene correcto.
El discurso del político nos ha llevado a creer, a ilusionarnos y a desinformarnos por ejemplo, un futuro económico de exito prosperidad.
Sin emnbargo, podemos comprobar, diariamente esta estrategia de engaño que se replica de modo centrífuga y perpendicular en las mentes de los habitantes.
De esto nadie se escapa por más que uno diga en su fuero interno: “-a mí no me engaña nadie...”.
Deseo subrayar que el discurso de lo políticamente correcto engaña, ilusiona, desinforma.
Sus significantes horadan certezas y abren grietas en lo obtuso.
Por esas fisuras, el político hace creer, a través de los mass media, en la ilusión de poseer la salida de lo obtuso.
Aquí el poder se muestra falaz.
La verdad se fractaliza.
Mandatos y engaños se repiten, infinitos, en cada escala de la estructura social.
Lamento desilusionarlo.
Lo políticamente correcto nos obliga a tolerar lo siniestro
Lo correcto aquí se constituye en lo más próximo, cuando la luz se convierte en "sol negro" —algo que el político rehúsa ver, al mirar hacia otro lado o al hacer la vista gorda—.
El infierno puede ser tu vecino, un gerente, el verdulero, el policía, la tarea que detestas pero debes cumplir por necesidad material, la ideología de otro que repugna, el compañero insoportable a tu lado.
Tolerar no es virtud: es aguantar lo impuesto, sufrir lo que te atraviesa, aceptar lo que no quieres hacer. Este malestar es el origen de la mayoría de las enfermedades.
Baste, como muestra lo laboral, lo políticamente correcto "acá" se reduce a "imponer sufrimiento sobre lo indeseable", mientras el poder observa y la rutina se fractaliza. El poder permanece atento (de manera invisible mediante los bufones o alcahuetes).
El objetivo de estos espacio de poder como el trabajo es crear hábitos de pequeñas acciones, rutinas y mandatos cotidianos que se repiten y se reflejan en múltiples niveles de lo social. Con estas acciones se organizan fractales de control y obediencia.
Aplicar el poder o lo políticamente correcto significa hacer que la gente cargue con lo que no quiere, obligándola a aceptar lo que le resulta molesto o insoportable, a menudo bajo la apariencia de norma, deber o tolerancia.
En otras palabras, la sociedad o las autoridades transforman lo desagradable en obligación, y así se perpetúa la rutina, el control y la obediencia. Es una manera de decir que el control social y la opresión no están solo en hechos aislados, sino que se replican en todos los aspectos de la vida, desde lo micro hasta lo macro.
Cada gesto, cada mandato, cada obligación se repite, infinitos, reflejando la estructura social que nos atraviesa y nos contiene.
El patrón del gesto indeseable recae siempre sobre los más vulnerables, algo que puede verse claramente en cualquier sociedad. Pues hay situaciones de opresión en las cuales es imposible resistir o corresponder.
El poder, es decir lo políticatente correcto no es lo mejor.










