Desde el campo de la sociología, la pregunta se vuelca de la lealtad a la traición. Pues esta última no reside en la persona del delegado, sino en la lógica a la que está sometido quien debe responder, al mismo tiempo, tanto al trabajador como a la patronal.
El gremio, en tanto aparato, interpela a la persona: llama y reconoce al sujeto social —“trabajador/a”, “afiliado/a”, “compañero/a”, "delegado/a"—. En ese reconocimiento hay un efecto doble: identificación y sujeción. Pues el sujeto responde al llamado y, al hacerlo, se inscribe en un campo dialéctico de prácticas y discursos ya delimitados. Otros marcan el terreno sobre lo que se puede hablar o no. Y en este llamado no es que pierda su palabra o su juicio, sino que su palabra es producida por un registro previo.
En ese marco, el delegado no es sólo un traidor individual. Es quien concentra la palabra legítima del aparato. Habla por los trabajadores porque la estructura define quién puede hablar y quién no. Cuando esa función se cierra —cuando representar pasa a ser reemplazar—, la voz del trabajador desaparece y es sustituida por una voz autorizada.
¿Y el trabajador? Tampoco es sólo una víctima. Responde a lo que el gremio le propone: se reconoce como “trabajador”, “afiliado”, “compañero” y acepta, en parte, esas reglas. No deja de hablar por sí mismo porque se lo prohíban, sino porque adopta un lenguaje que ya está armado y empieza a hablar desde ahí.
Por eso, la “traición” no está en un solo lugar, sino:
En el delegado, cuando concentra la palabra y decide por otros.
En el trabajador, cuando acepta sin cuestionar y deja que otros hablen por él.
En el fondo, ambos son parte de la misma estructura.
Respuesta final:
La traición no es un acto individual, sino un efecto de aparato. Ocurre cuando la interpelación logra que la palabra del sujeto circule únicamente dentro de un guion que otros controlan.
No se trata de elegir entre el delegado o el trabajador, sino de ver cómo el dispositivo produce simultáneamente al que habla por otros y al que consiente ser hablado.
LA PERVERSIÓN DE LOS GREMIOS
Cuando la representación
se convierte en poder,
¿quién defiende al trabajador
de sus propios representantes?
ROBERT MICHELS
1911
Los partidos políticos.
La tendencia oligárquica de las
organizaciones: quienes representan
pueden terminar concentrando
el poder.
MAX WEBER
1922
Economía y sociedad.
La burocracia y la autoridad:
cuando el aparato adquiere
autonomía frente a sus fines.
MANCUR OLSON
1965
La lógica de la acción colectiva.
Los intereses organizados pueden
obtener ventajas particulares
a expensas de intereses colectivos.
ALBERT O. HIRSCHMAN
1970
Salida, voz y lealtad.
¿Puede el afiliado cuestionar
a la organización sin quedar
excluido de ella?
El gremio deja de servir
a sus representados cuando
confunde la defensa de los
trabajadores con la conservación
de sus propios privilegios.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Michels, R. (1911). Zur Soziologie des Parteiwesens
in der modernen Demokratie.
Weber, M. (1922). Wirtschaft und Gesellschaft.
Olson, M. (1965). The Logic of Collective Action.
Hirschman, A. O. (1970). Exit, Voice, and Loyalty.
¿Qué es un gremio? ¿Cuál es su origen? ¿Qué fue primero: el trabajo o el sindicato?
¿Pueden los gremios ser concebidos como instituciones estructurantes del lazo social?
Problema: ¿Qué le sucede al sujeto cuando ingresa a la red gremial?
En particular, ¿cómo inciden en su subjetividad los procesos de identificación,
pertenencia, representación, jerarquización y ejercicio del poder que se despliegan
en ese espacio colectivo?
¿En qué medida la posición del delegado dentro de la estructura gremial lo conduce
a desarrollar prácticas de simulación para mediar entre las demandas de los trabajadores
y las exigencias de los poderes empresariales, patronales y políticos?
Como primera aproximación, podría afirmarse que la voz del trabajador deja de pertenecer plenamente al trabajador cuando este ingresa y queda
inscripto en dispositivos de disciplinamiento que atraviesan tanto el espacio laboral como las estructuras de representación sindical.
¿Qué sería la inscripción? Básicamente, la incorporación a un dispositivo de poder cuya eficacia radica en la producción de un "cuerpo dócil".
En este sentido, la inscripción transforma el trabajo en una práctica de normalización, donde la adaptación al medio es legitimada y presentada como
una condición necesaria para que el gremio obtenga reconocimiento institucional, aun al precio de adecuarse a las reglas del orden laboral vigente.
En este proceso de control, la función sindical queda subsumida en una dinámica de simulación
institucional de "alto nivel", donde convergen intereses económicos, privilegios
corporativos y alianzas de poder.
La incorporación de determinados beneficios materiales y simbólicos para representantes
y representados contribuye a reforzar esa dinámica de integración grupal. A partir de ese
momento, la lealtad ya no se dirige prioritariamente a los trabajadores, sino a la
reproducción del status quo y de las relaciones de poder, subordinación y mando
que sostienen la propia estructura sindical.
Bajo esta lógica, el delegado, que inicialmente operaba como aliado y portavoz de las
demandas colectivas, comienza a funcionar como agente de intereses que pueden diferir de
aquellos que le dieron origen como representante, llegando incluso a actuar en contradicción
con sus propias convicciones.
Es evidente que el delegado gremial deviene figura de traición no por una falla individual, sino porque la representación sustituye la palabra del trabajador y captura su deseo dentro de una estructura que administra su dependencia, transformando la defensa al trabajador en un mecanismo de control.
● ¿Cuál es el alcance político de estos agrupamientos que, al tiempo que dicen defender al trabajador, lo convierten en rehén y participan en la producción y reproducción de "cuerpos dóciles" dentro del orden social?
Desde una perspectiva foucaultiana, el problema no reside únicamente en la representación de intereses colectivos, sino en los procesos de subjetivación que se despliegan a través de determinadas formas de organización. El gremio puede constituirse como una instancia de protección y articulación política; sin embargo, también puede funcionar como un dispositivo de normalización que produce sujetos adaptados a una determinada racionalidad instrumental.
La vulnerabilidad del trabajador constituye el punto de partida de esta inscripción. En la medida en que el individuo se incorpora a la organización, ingresa en una red de prácticas, discursos y mecanismos de reconocimiento que no sólo representan sus intereses, sino que configuran modos específicos de autopercibirse y de relacionarse con los otros. En ese sentido, el sujeto puede quedar convertido en rehén de una trama de legitimación que lo integra al mismo tiempo que lo sujeta.
La afiliación no solo opera como un vínculo administrativo, sino, como forma de producción de subjetividad. El sujeto sujetado es nombrado, clasificado y reconocido como afiliado, compañero o militante. Mediante estas operaciones, la organización sindical delimita un campo de pertenencia y establece criterios implícitos acerca de lo que puede ser dicho, pensado y reivindicado legítimamente.
El poder no se ejerce aquí por prohibición o coerción, sino por normalización. Los individuos interiorizan determinados códigos de conducta, formas de lealtad y criterios de legitimidad que orientan sus prácticas. De este modo, la obediencia al delegado sindical deja de aparecer como una imposición externa y se presenta como una consecuencia natural de la pertenencia colectiva.
Cuando estos mecanismos se rigidizan, la organización corre el riesgo de transformarse en un aparato de reproducción de sí mismo. La representación deja entonces de ser una función abierta al cuestionamiento para convertirse en una instancia que administra las condiciones de participación y regula los límites de la disidencia. La palabra singular encuentra dificultades para emerger fuera de los marcos discursivos ya establecidos.
El efecto político de este proceso consiste en la producción de cuerpos dóciles: sujetos capaces de actuar colectivamente, pero también predispuestos a reproducir las formas de autoridad que los constituyen. En este punto, el problema ya no es la existencia del gremio como tal, sino la posibilidad de que la protección se convierta en tutela, la representación en administración y la pertenencia en una forma de sujeción.
Lo políticamente correcto funciona como un discurso que encubre y legitima lo siniestro de los gremios.
Los patrones sociales y de poder se internalizan en la vida cotidiana. Esto crea hábitus que se reproducen en estructuras de autoridad y normas. No solo se nos imponen; los vivimos, actuamos dentro de ellos y los perpetuamos. Es el efecto de la estructura social sobre la acción individual.
Acción social
Las acciones de los individuos tienen sentido dentro de un marco social.
Cada gesto, obligación o mandato está influenciado por normas, expectativas y relaciones de poder.
Tipos de autoridad
Racional-legal: reglas y leyes que organizan la sociedad, como el trabajo o la burocracia.
Tradicional: costumbres que se repiten y que estructuran la vida cotidiana (el militar, el patrón de la empresa, el médico, el docente).
Carismática: figuras que ejercen poder sobre otros por su autoridad personal (El sacerdote, el artista).
Las frases espejo, como la racionalidad social, expresan mandatos y obligaciones que se repiten, puesto que se imponen como estructuras estructuradas estructurantes de lo social (la ética, la adultez, la imagen de familia o la pseudoadministración de justicia).