En efecto, la figura del "judio eterno", es decir, la experiencia del crucificado, sufriente ocupa aquí el eje central: dado que el dolor deja de ser un escándalo político para
transformarse en un sentido moral.
A partir de esta convergencia, el sufrimiento ya no exige ser eliminado, sino asumido. No interpela al orden social, interpela a la conciencia
individual. El pobre no es pobre por la estructura, sino porque “le toca cargar su cruz”. El explotado no es explotado,
es un elegido en potencia. La injusticia se desplaza del campo histórico al campo espiritual, donde deja de ser
transformable.
Si el padecimiento es legitimado,
la injusticia se normaliza.
Así, la religión opera como un opio particularmente eficaz: no solo anestesia el dolor, sino que lo justifica. No calma
simplemente, enseña a amar el padecimiento. El modelo cristiano del sacrificio convierte la pasividad en virtud y la
obediencia en salvación. Cuanto más se sufre, más sentido parece tener la vida. El escándalo ya no es la injusticia,
sino la rebelión contra ella.
Esta lógica se articula de manera funcional con el capitalismo. El capitalismo produce desigualdad, precariedad y
exclusión; la religión ofrece sentido, esperanza y promesa futura. Uno genera el dolor, la otra lo administra
simbólicamente. La alianza no es accidental: es estructural. El sistema necesita sujetos que soporten, no sujetos que
transformen.
En este marco, el sufrimiento deja de ser un problema político y se convierte en una cuestión moral. El fracaso se
vive como culpa personal y no como efecto del sistema. La resignación reemplaza a la crítica. El cielo compensa lo
que la tierra niega.
Esta operación no es ajena al modo en que el poder organiza el conocimiento. El saber enciclopedista, acumulativo y
desprovisto de crítica, funciona como el equivalente cognitivo del opio religioso. Produce sujetos informados pero no
pensantes, obedientes pero no transformadores.
La religión enseña a sufrir con sentido.
El enciclopedismo enseña a saber sin pensar.
El capitalismo necesita ambos.
Por eso, la crítica a la religión como "opio del pueblo" no es una crítica a la fe individual, sino a su función
política: convertir la injusticia en destino y el sufrimiento en virtud. Cuando el dolor deja de ser sagrado, vuelve
a ser intolerable. Y cuando la injusticia se vuelve intolerable, deja de ser gobernable.
La religión es el dispositivo que da sentido al dolor para que la injusticia continúe.
Río de la Plata, 15 de agosto de 2024
Lic. Gustavo Ricardo Rodríguez
Psicología UBA
Filosofía USAL
Investigador IIPC/USAL